martes 20 de octubre de 2009

SIN COMPLEJOS

Se despertó en un sofá que nunca había visto, se sentía desnuda pero no tenía frío y por primera vez no le daba vergüenza que alguien pudiera ver sus partes más intimas, por fin, pensó: "ha llegado mi madurez total, todo eso de que con la edad te acabas encontrando bien con tu cuerpo, parece ser que era verdad". Nunca se le había pasado por la cabeza que dejar de tener complejos fuera una cosa de un día para otro, pero era algo muy fácil de aceptar. Saltó del sofá al suelo, buscando un espejo, para poder recordar la primera vez en la que se sentía mejor que bien con su físico y su psíquico. Pero todos los reflejos estaban demasiado altos para ella. No se acordaba de la noche anterior y mucho menos de en casa de quién estaba. Desde luego era una persona muy alta. Dio un paseo de investigación por el piso para poder encontrar algo que la hiciera recordar. Nada. Le llamó mucho la atención que todas las habitaciones tenían muchos tapetes, muñecas polvorientas de otra época y unos cubrecamas con un estilo que estaba extinguido ya desde su niñez. Lo que para algunos podría ser deprimente a ella le parecía de los más agradable. Decidió marcharse de allí, pero cuando consiguió llegar al pomo de la puerta no pudo abrir, la llave estaba echada. Volvió al sofá y esperó. Se dio cuenta, por un calendario que había en el reloj del salón, de que era domingo. La idea de volver a la oficina le parecía la cosa más deprimente del mundo. Cuántas veces había deseado ser un ser consciente de sí mismo del que se ocuparan sin pedir nada a cambio. Levantarse por la mañana y que te hicieran la cama, te pasearan, volvieras a casa, te tumbaras y te volvieran a pasear, te dieran un masaje a media tarde y después dieras otro paseo y luego a cenar. Así todos los días sin tener preocupaciones ni aspiraciones, sólo vivir, vivir bien, en compañía y no trabajar para una compañía. De repente, las llaves en la puerta, unos zapatos de tacón y un inexplicable olor a talco. Una anciana:

- He decidido que me quedo contigo, siempre que te portes bien. Sé que lo has pasado mal hasta encontrarme, te he traído comida de perros de la buena. Ahora te daré un baño.

La señora cogió a la protagonista en brazos y con ella se miró en el espejo del baño. No se sabe ni cómo ni por qué pero ahora era una perrita de raza indefinida. Por el momento sabía que le iban a dar un baño y que no tenía que ir a trabajar el lunes, nunca se había sentido tan feliz.

1 comentarios:

  1. Qué bonita, una historia de "reencarnación" con final feliz...Me gusta el dibujo también,y el estilo literario, cada vez más pulido.

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